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  • Gonzalo Lebrija
Madrid, Spain
Golden Hours
10 Sep 2015 - 05 Nov 2015
Golden Hours

HD video
11: 21 min loop

Vista parcial de la exposición
Vista parcial de la exposición
Vista parcial de la exposición
Vista parcial de la exposición
Vista parcial de la exposición
Vista parcial de la exposición
Vista parcial de la exposición

Ni distancia, ni olvido.

Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón.
Así comienza el legendario bolero de Roberto Cantoral, titulado, curiosamente
La Barca.

Mientras tanto Gonzalo Lebrija navegando en su propia balada, sólo en apariencia silenciosa, me obliga a no olvidarme, pero, ¿de qué exactamente?. Si toda mirada conlleva una intención, esta preciosa y precisa pieza marinera, esconde muy acertadamente la suya, hasta instalarla en su lugar natural. Aquí, y casi a la deriva, es el observador-espectador, el que construye lentamente su causa, el que descubre, como si de una revelación se tratara, qué persigue, y sobre todo el por qué de una obsesión que se mueve entre lo dulce y lo temible, entre la nostalgia y el destino, al vaivén de las olas. Si las razones que nos mueven con frecuencia se nos escapan, cuáles pueden ser las razones de lo que simplemente se mueve, sin rumbo aparente, y lo que resulta más inquietante; ¿Por qué al alejarse, a penas un poco, nos empieza ya a desesperar su posible ausencia?

En el trabajo de Lebrija, siempre me he descubierto dudando de mi primera impresión, y así, creo, debe funcionar el arte cuando de veras funciona. A bordo de esta barca que persigo, no hay nadie, pero la escucho por dentro como si yo fuese el polizón, y al mismo tiempo su implacable perseguidor.
De pronto confundo el rumbo de mis pensamientos, y al segundo siguiente me dejo llevar mecido por el efecto narcótico de las meras sensaciones. Algo es firme, algo se escora, algo se espera y algo se teme, en esta persecución a la que el arte inevitablemente nos condena. En estas horas doradas, en las que la demora se convierte en un lugar exacto, marcado sin fuego sobre la superficie del agua.

“Ningún viaje nunca…”, escribía Beckett, para después añadir: “…eso también es constante”

Sólo cabe agradecer tan hermosa travesía, y aterrarnos, al tiempo y por culpa del tiempo, ante la posibilidad, ¿la amenaza?, de la tierra firme.

Ray Loriga